La cultura del rebaño digital

18 Nov, 2011 | Por | Seccion: Periodismo

En los últimos tiempos hemos visto en la prensa continuas referencias a la fragmentación del conocimiento que impone el uso de internet. Autores locales de renombre y foráneos de crédito internacional han cuestionado que internet esté contribuyendo al progreso profundo de la cultura y el conocimiento.

Periodistas como Juan Cruz, en El País, han llamado la atención sobre el peso específico que ha ganado la expresión trending topic para evaluar la importancia de determinados eventos, como el debate entre Rubalcaba y Rajoy, a lo largo del cual la expresión #ganarajoy se convirtió en una de las más seguidas del mundo en Twitter. Como si el simple seguimiento de una expresión diera a entender de forma científica quién ha ganado o no un debate sin necesidad de ahondar en su contenido. Por su parte, el ex ministro de Cultura, César Antonio Molina, incendió la sección de comentarios de los internautas al publicar una tribuna, también en El País, en la que se preguntaba “¿por qué Internet tiene que obligarnos a dejar la lectura, a dejar de escribir, a dejar de pensar?”, y en la que se manifestaba “a favor de la Red siempre que no amenace la profundidad intelectual”. Es conocida la trayectoria de Molina, con más de treinta libros a sus espaldas escritos a golpe de pluma en cuadernos que rellena en su casa o mientras viaja en avión, y sus dificultades para entretenerse con las trampas de internet, a pesar de que ha impulsado el uso de las nuevas tecnologías allá donde ha gestionado algo relacionado con la cultura.

En su línea, el nobel Mario Vargas Llosa, ha escrito que “la imparable robotización humana por Internet cambiará la vida cultural y hasta cómo opera nuestro cerebro” y que “cuanto más inteligente sea nuestro ordenador, más tontos seremos nosotros”. Estas palabras corresponden a una de sus tribunas en El País. Pero sus críticas han sido continuas a lo largo de los últimos meses, y continuarán. Para conmemorar el número mil del suplemento Babelia, ofreció a sus lectores un adelanto de lo que será su próximo libro en torno a las perversiones de internet. Bajo el título de La civilación del espectáculo describía su desánimo al observar que la era de internet está creando un paraíso artificial que está abandonando el placer de descubrir universos complejos como el Ulysses de Joyce, la poesía de Góngora o Baudelaire y los mundos de Goya, Rembrandt, Picasso, Mahler o Bartok. Todo ello en beneficio de lo que ahora vende una multitud de papanatas por internet, frivolizando sobre la idea misma de progreso.

Nicholas Carr

La idea de que las nuevas tecnologías están cambiando nuestro cerebro tiene otros defensores. El columnista de periódicos como The Guardian o The New York Times, Nicholas Carr, finalista del premio Pulitzer, ha dejado señales que han abierto un debate mundial sobre el efecto de internet en el cerebro humano. Carr se pregunta en su último libro, Superficiales: ¿Qué está haciendo internet con nuestras mentes? (Taurus, 2011),  si Google nos hace estúpidos, y reflexiona sobre las alteraciones que desde un punto de vista científico internet está operando en nuestros cerebros: Carr afirma que el libro impreso sirvió para centrar nuestra atención, fomentando el pensamiento profundo y creativo, mientras que internet fomenta el picoteo rápido y distraído de pequeños fragmentos de información procedentes de muchas fuentes. Opina que la ética que se está fraguando tiene que ver con la ética industrial, la velocidad y la eficacia.

Numerosos estudios certifican de hecho que internet ha cambiado la forma de leer y hasta la propia estructura y funcionamiento del cerebro humano. Esto es una realidad más acusada en las nuevas generaciones, que han nacido con un smartphone en sus manos y ya no saben lo que es hablar con los amigos sin pulsar la tecla de la almohadilla en Twitter. Si esta evolución traerá más perjuicios que beneficios es algo que habrá que determinar más adelante.

En lado contrario, los defensores de internet y las nuevas tecnologías santifican la nueva era como el principio de algo parecido a lo que representó la revolución industrial para la humanidad. Entre estos autores parece que hay un cierto consenso a la hora de santificar internet y los videojuegos como favorables para el desarrollo de los reflejos y la práctica en la toma de decisiones rápidas.

Lo más significativo de esta transición cultural que estamos viviendo es que no se limita a una moda pasajera derivada del juego electrónico que disfrutan unos cuantos chavales más o menos robotizados, sino que ya se deja sentir en la universidad, donde los planes de estudio se han fragmentado de forma irremediable tras la implantación del célebre plan Bolonia, que en este sentido actúa como si se tratara de un espejo de lo que ocurre en internet, por su carácter fragmentario y especializado y mercantil.

Jordi Llovet

El catedrático catalán jubilado a la fuerza, Jordi Llovet, lo ha denunciado en un excelente ensayo, Adiós a la Universidad: el eclipse de las Humanidades (Galaxia Gutemberg, 2011), en el que resalta el empobrecimiento que ha impuesto el proceso de especialización de los estudiantes en materias cada vez más aisladas entre sí, cuyo deterioro se inició con la separación de los conocimientos mediante la creación de facultades sin conexión entre sí, que han dado lugar a unos planes de estudio alejados de un contexto general que el estudiante desconoce hoy día y que ha llevado a estudiar la obra de Shakespeare sin pararse un minuto en la Inglaterra isabelina que dieron lugar a sus creaciones.

Muchos profesores que consumen voraces presupuestos de investigación en la universidad lo dedican a estudios estadísticos con los que suponen que van a encontrar la panacea del conocimiento mediante la medición cuantitativa de asuntos que desde nuestro punto de vista requieren un conocimiento más cualitativo. Ciñéndonos por ejemplo al área del Periodismo, nos referimos a esos estudios en los que se mide el número de veces que aparece una persona en la prensa mundial para determinar su importancia o influencia, sin tener en cuenta el contenido de esas apariciones. Un ejemplo cercano fueron aquellos análisis sobre la figura de Aznar que realizaron algunos profesores de “comunicación avanzada”, con los que intentaban determinar cuántas veces salía su nombre en miles de páginas de periódicos de todo el mundo sin entrar en ningún momento a considerar si se elogiaba su política o se le ponía a parir. Esos profesores entusiastas de las estadísticas estarán encantados con la cultura del trending topic, pero no han pisado una redacción en su vida y es probable que tiendan a transmitir a los alumnos ideas cercanas al rebaño frikidigital antes que despertar en ellos la curiosidad del periodista de investigación que trata de averiguar lo que hay detrás de un gobierno que se enriquece a la sombra del poder.

Jaron Lanier

Precisamente sobre esta idea escribe otro de los iconos del mundo de las nuevas tecnologías. Se trata de Jaron Lanier, un experto en informática, músico, artista gráfico y escritor, que popularizó el término realidad virtual, que ha recibido importantes distinciones por sus inventos, que en la actualidad trabaja en proyectos secretos para Microsoft y a quien la revista Time ha incluido entre las cien personalidades más importantes en 2010.
El último libro de Laron se titula Contra el rebaño digital (Debate, 2011), y en él llama la atención de los usuarios de internet sobre la necesidad de frenar un poco, de generar contenidos profundos y de calidad frente a la invasión de gritos llamativos sin demasiado valor. Laron no es sospechoso para las nuevas generaciones que han nacido bajo el influjo de internet.

Al contrario, es una personalidad destacada que ha contribuido al perfeccionamiento de la red y a la creación de muchos de los programas que muchos de nosotros disfrutamos hoy día a través de un móvil o un tablet de última generación. Ha trabajado en proyectos que luego han seducido a genios de las nuevas tecnologías como Steve Jobs, que han comprado sus ideas. Sin embargo, critica la ausencia de reflexión que ha condicionado el desarrollo de la red desde que fue concebida para el uso de un reducido grupo de físicos que tenía la necesidad de compartir sus investigaciones para avanzar.

Esa falta de reflexión es la que ha contribuido a crear un monstruo que, a pesar de aumentar el potencial de nuestros sentidos en múltiples direcciones, también ha engendrado limitaciones que amenazan con anclar nuestro futuro a las imperfecciones que se han ido asentando en el mundo que hoy conocemos alrededor de internet.

En este punto me encuentro yo mismo, fascinado por las posibilidades de las nuevas tecnologías pero consciente de que el uso indiscriminado y fanático de los nuevos aparatos y las redes sociales puede conducir a una cultura basada en el grito, el insulto anónimo y la estupidez.

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Un comentario
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  1. No he tenido conocimiento de este blog, hasta hoy, que una alumna suya y ahijada mía me lo ha recomendado.
    Reconozco que tiene toda la razón en el último párrafo, que resume en tres líneas hasta qué punto de estupidez puede llegar el ser humano con el abuso de las nuevas tecnologías, y el olvido de la capacidad de reflexionar, de pensar, de analizar, etc.
    Prometo seguir este blog, que me ha parecido diferencial, tanto en su contenido, como en la comodidad de ver los artículos que va publicando e ir siguiéndolos.

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